La vuelta del dogmatismo disfrazado de claridad
La palabra relativismo suena a amenaza en ciertos círculos. Un cura la pronunció así en el colegio, como si señalara una plaga. Hoy, años después, vuelve a escucharse en eventos culturales y reuniones donde se denuncia como *enfermedad moral, mientras se reivindica la claridad sin matices: una sola verdad, una sola interpretación, una sola forma correcta de estar en el mundo.
La tentación es comprensible. Vivimos tiempos inestables donde se nos prometió que persiguiendo nuestros sueños los alcanzaríamos. Ahora la realidad es otra. En esa intemperie, la idea de una verdad compacta ofrece refugio. El dogma calma porque ordena. Pero tiene un problema estructural: cuando no puede doblarse, se rompe.
La elasticidad como supervivencia
Flubber, la película de 1997, es una parábola cultural involuntaria. Esa masa verde que rebotaba contra las paredes no vencía por imponerse, sino por adaptarse. No tenía forma fija sino vocación de movimiento. La fuerza no está en la dureza, sino en la capacidad de absorber el impacto y devolverlo transformado.
Esta lección cobra sentido en lugares inesperados. En el Benidorm Fest, bajo lluvia de leds, el grupo argentino Miranda! explicó por qué se presentaban a un concurso sin necesitarlo: *elasticidad. Estaban ahí para mantenerla como artistas, la misma que los había llevado al éxito. Para honrarla.
La historia del arte está llena de ejemplos similares. Los creadores que sobreviven no son los que se blindan, sino los que se desplazan. La coherencia profunda no consiste en repetirse, sino en reconocerse a través del cambio. También la neurociencia habla de plasticidad cerebral: el cerebro se modifica cuando aprende, cuando se expone a lo distinto, cuando tolera la contradicción.





