Cuando nos encontramos con un árbol majestuoso que domina el paisaje, surgen dos preguntas naturales: ¿cuál es su especie y cuántos años tiene? La primera puede ser respondida con una guía botánica, observando las características de sus hojas, tronco o frutos. Sin embargo, determinar su edad es mucho más complicado. Al estar vivo y en pie, es imposible acceder a su interior para contar sus anillos de crecimiento, y cortarlo sería destruir lo que queremos preservar.

La curiosidad humana por entender el paso del tiempo en la madera ha existido desde hace mucho tiempo. En la antigua Grecia, el filósofo Teofrasto mostró interés en el crecimiento anual de los árboles en su obra 'Historia plantarum', escrita alrededor del 300 a.C. Mucho tiempo después, Leonardo da Vinci relacionó el grosor de cada anillo con la cantidad de agua de lluvia disponible para el árbol.

A pesar de estos pioneros, el estudio sistemático de este fenómeno no comenzó hasta principios del siglo XIX, cuando nació formalmente la dendrocronología. Esta rama de la ciencia estudia la edad y la vida de los árboles basándose en sus anillos anuales. La dendrocronología ha trascendido el simple conteo de años, ya que estudiando maderas vivas y restos fósiles, los científicos pueden extraer información valiosa sobre el clima de épocas remotas.

A partir de entonces, se han establecido cronologías detalladas de más de 8.000 años, gracias en parte a especies como el Pinus longaeva. En la actualidad, para investigar un árbol vivo sin derribarlo, los expertos utilizan una 'sonda Pressler', que extrae un cilindro minúsculo de madera perforando hasta el centro del tronco. Aunque esta técnica puede ser invasiva y afectar la salud del árbol, está desaconsejada en árboles protegidos.