EE.UU. e Israel comenzaron el 6 de marzo de 2026 una ofensiva militar contra Irán sin que ningún país se sumara a la acción. La iniciativa, liderada por el presidente Donald Trump y el primer ministro Benjamin Netanyahu, pretendía debilitar al régimen y reabrir el estrecho de Ormuz.

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El conflicto se lanzó con bombardeos aéreos y misiles lanzados desde bases estadounidenses en el Golfo. En seis semanas se produjeron intensos intercambios de fuego, pero la falta de aliados dejó a Washington y Jerusalén sin respaldo diplomático ni logístico. La comunidad internacional condenó la acción, pero no intervino.

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Irán salió reforzado. Tras el alto el fuego acordado la semana pasada, el régimen controla ahora el estratégico estrecho de Ormuz, garantizando la capacidad de bloquear el paso de buques comerciales. EE.UU. no logró reabrir el paso ni capturar la isla de Jarg ni el supuesto stock de 450 kilos de uranio. La popularidad de Trump cayó al 33 %, su credibilidad se desplomó entre aliados y rivales. Israel también sufre un revés diplomático; sus representantes no participaron en las negociaciones que definieron el nuevo statu quo en la zona.

"Estados Unidos e Israel le han dado a Irán un arma que no tenía", afirma el analista Fareed Zakaria.